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La amenaza de la Historia que se repite

Dos hechos han sacudido recientemente las conciencias de quienes abogan por un mundo para todos, sin distinción de razas, culturas ni religiones: la victoria electoral de Haider en Austria y los trágicos días en los que gran parte del pueblo de El Ejido, en Almería, se han dedicado a la “caza del moro”, evocando los más célebres momentos del nazismo. Para mayor ironía, acababan de celebrarse en diversos países europeos actos para conmemorar la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, con la presencia de sobrevivientes, algunos del calibre del escritor y humanista Elie Wiesel, premio Nóbel de la Paz.

Han proliferado en los últimos días los comentarios a favor y en contra de respetar y aceptar la elección de Haider, quien cuenta con innegable apoyo popular. Las analogías con la situación alemana y europea en general que llevaron a Hitler, también austríaco, al poder existen, pero no son tantas que pueda hablarse de una repetición de los acontecimientos, al menos en la medida en que la historia admite repeticiones. La aguda crisis económica de los años 30 no puede compararse con la bonanza económica–en relación con el resto de Europa–que vive Austria.

Todos los enemigos del fascismo están más o menos en guardia contra Alemania, observan con cuidado el devenir de los procesos sociales en ella, y sobre todo, las acciones neonazis de toda índole, ya sean ataques contra extranjeros o páginas de Internet dedicadas a difundir sus ideas y a captar adeptos. Es de temer que ello les estorbe observar con la misma atención el ascenso del fascismo en otros países, contra los cuales se está–en este sentido–poco o nada predispuesto. Es así como han irrumpido en la escena, más o menos sorpresivamente, Austria y España.

No se trata de culpabilizar a un país o a otro. Todos son igualmente dignos del mayor respeto, pero también todos son susceptibles de ser seguidos de cerca por quienes temen nuevos embates del fascismo sobre la humanidad. Porque el fascismo fue un fenómeno europeo y no alemán, como algunos quisieran hacer creer, del mismo modo como hoy ha renacido en los países y latitudes más diversos, ya sea en la propia Europa, en Rusia, en los Estados Unidos de Norteamérica, en Chile o en otros países iberoamericanos.

Nadie medianamente cuerdo y objetivo negará o disminuirá el triste papel protagónico desempeñado por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. La propia Alemania lo ha asumido en todo momento y es de reconocer que ha hecho mucho por ganarse de nuevo la confianza del resto del mundo. Al término de la segunda guerra mundial sin embargo todos los países europeos se apresuraron a cargar todas las culpas sobre las espaldas de una Alemania derrotada. Tal parecía como si en el resto de los países europeos casi nadie hubiera cooperado con el fascismo y la población hubiera estado compuesta mayoritariamente por resistentes y opositores al régimen nazi. Si bien algunos países fueron realmente modélicos en este sentido, en otros hubo una complicidad activa o pasiva con el régimen nazi más o menos pronunciada. Austria fue uno de los países que se proclamaron agredidos por Alemania, la cual hubo de asumir sus propias culpas y también las ajenas. Remitimos al lector interesado en conocer detalles al artículo del historiador César Vidal(1) que recoge numerosos factores y hechos que sitúan a Austria como un país tan responsable como Alemania en el ascenso del fascismo.

Las cínicas contradicciones de Haider, quien es capaz de encontrar valores positivos en el gobierno de Hitler y elogiar a los miembros de las SS para retractarse poco después, deben hacernos reflexionar ante todo sobre los límites de la democracia. Ya Platón anunciaba en La República que la democracia puede degenerar en tiranía, destruyéndose a sí misma en nombre de la voluntad general. Un respeto abstracto al voto de los pueblos puede conducirnos a contemplar cruzados de brazos la ascensión de un régimen cuyas consecuencias sufrirá en primer lugar el pueblo que lo eligió, y más tarde los restantes.

Por otra parte, los sucesos de El Ejido, revelan una vez más a la “España negra”, que tantos se han empeñado en ocultar, en circunscribir a un pasado impreciso o a ciertos sectores de la población. Caricatura macabra de Fuenteovejuna, el pueblo–porque era el pueblo, aunque no todo, por fortuna–se ha dedicado masivamente no a defender sino a mancillar su honor cometiendo toda suerte de vandalismos con los inmigrantes marroquíes, fuente de su prosperidad económica.

Los crímenes cometidos por algunos de ellos deben ser severamente castigados, como corresponde a un estado de derecho. Pero dicho estado tiene además la responsabilidad de velar por la seguridad de las personas y de sus bienes legítimamente adquiridos. ¿Qué se hizo en El Ejido para defender a los agredidos? Es cierto que muchos pudieron pasar la noche en la comisaría y que un cordón policial protegió a un grupo de ellos. Pero hay que preguntarse cómo fue posible que las agresiones se prolongaran durante tres días, con la participación de mujeres y niños como agresores, sin que se detuviera a nadie hasta el 8 de febrero. Los resultados son, además de las víctimas de golpes a quienes ha sido necesario hospitalizar, casas de inmigrantes quemadas, comercios arrasados y saqueados, y destrozos de todas clases, entre ellos un local perteneciente a una organización humanitaria.

Simultáneamente, dos sucesos igualmente espantosos nos sacudían: en Valencia, un demente–español–la emprendía a tiros con su vecina y con la policía, con un saldo de cuatro muertos. En Avilés, un soldado–español–de 20 años arrancaba los ojos a una joven, además de fracturarle varios huesos al intentar violarla. Obviamente, la reacción popular ha consistido en lamentar y condenar los hechos. Nada parecido a lo ocurrido en El Ejido. Entretanto, una página neonazi, Hispania Gothorum, exhortaba a la población de El Ejido a proseguir con sus salvajes acciones; página por cierto confeccionada en Miami para eludir las leyes europeas, que castigan la difusión de ideas tendentes a propagar el racismo y la violencia. Una vez más la democracia cae en su propia trampa, en este caso la norteamericana, que convierte en legal semejante propaganda. Las leyes de un país permiten de este modo realizar actos dirigidos a violar las leyes de otros. Ya se sabe que no es ese el propósito, pero sí el resultado.

Estas líneas no pretenden atacar a país alguno. Los hechos referidos son objetivos y la historia habla por sí sola. Se trata de un llamado a la reflexión sobre algunos puntos que intentaremos resumir:

– los límites de la democracia. ¿Cómo hacer para que no termine liquidándose a sí misma, según preveía Platón? ¿Cómo garantizar a nivel global el derecho de todos y el respeto a las leyes?

– el racismo y la xenofobia crecientes en Europa, y la diversidad de modos de asumirlos y enfrentarse a ellos. ¿Hasta qué punto practicamos realmente la tolerancia? ¿Hasta dónde es lícito practicarla sin daño para nosotros mismos? ¿Por qué nos resistimos en España a reconocernos como racistas y xenófobos mientras lo somos en la práctica?

No intentemos culpar a los inmigrantes como colectivo, sino en primer lugar a aquellos que cometan actos criminales, y en segundo lugar, a quienes les permiten entrar y permanecer sin control en algunos países europeos, o pretenden hacerlo en nombre de un populismo de pretensiones electorales, a quienes los explotan de manera inhumana para luego quejarse de sus características, a quienes se aprovechan de ellos para después someterlos a las peores humillaciones. Durante un tiempo aciago–que para muchos fue de gloria–, la miseria obligó a los españoles a emigrar a Francia y a Alemania en busca de trabajo. Las quejas de quienes pasaron por tales trances no fueron ni remotamente tan trágicas como las de aquellos que llegan hoy a España en condiciones semejantes, aunque sufrieron el mismo menosprecio paternalista que hoy se aplica a los inmigrantes de otros países(2).

No caigamos en el pueril error de creer que Europa–ni ninguno de los países que la componen–saldrá adelante dejando crecer y multiplicarse el crimen y la barbarie fascistas, mientras se pronuncian críticas de salón contra ellos. Quien siembra rencor y odio sólo recogerá rencor y odio. Recordemos el verso de John Donne: “No preguntes nunca por quién doblan las campanas; están doblando por ti”.